Lo he sentido cientos de veces. La sala se queda en silencio, todas las miradas están puestas en mí. Se ha presentado el problema, se han sopesado las opciones y ahora es el momento. La palabra final. Dentro de mi cabeza, sin embargo, no hay claridad, sino un zumbido de preguntas. ¿Y si me equivoco? ¿Qué pasa si la opción B era mejor? ¿Hay algo que todos hemos pasado por alto? Este peso, la duda del líder, es un compañero constante para cualquiera que haya tenido que guiar a otros. Durante años, creí que mi trabajo era erradicarla, presentar una fachada de certeza inquebrantable. Me equivoqué.
La duda no es el enemigo de un liderazgo eficaz; es un componente crítico, aunque difícil de manejar. La ausencia total de duda no es confianza, es arrogancia. El verdadero desafío no es desterrar la incertidumbre, sino aprender a dirigirla. Cómo procesarla internamente y, en el momento adecuado, cómo revelarla externamente, sin que eso se traduzca en que el equipo perciba vacilación o falta de dirección. Es un arte sutil, y estas son cinco tácticas que he encontrado transformadoras.
La primera se centra en el tiempo. La duda, dejada a su aire, se expande. Llena cada espacio mental, se enreda en sí misma y conduce a la parálisis. La solución no es suprimirla, sino confinarla. Lo llamo “programar la incertidumbre”. Cuando me enfrento a una decisión compleja, deliberadamente asigno un bloque de tiempo, a menudo de una a tres horas, para sumergirme por completo en mis preocupaciones. Durante esta ventana, mi único trabajo es dudar. Examino cada supuesto, imagino cada escenario negativo, cuestiono cada dato.
La clave está en el límite. Cuando ese tiempo termina, la deliberación activa también lo hace. Esto convierte la duda de un estado nebuloso y permanente en un proceso finito. Le quita su poder paralizante y la convierte en una herramienta de análisis. Anoto todo lo que surge durante esa sesión: los riesgos identificados, las preguntas sin respuesta, las alternativas descartadas. Este acto de capturarlo en papel o en pantalla le quita el peso a mi mente. He descubierto que la mayoría de las dudas productivas pueden ser exploradas a fondo en un período concentrado y delimitado. Lo que queda después suele ser miedo o ansiedad, no un discernimiento útil.
Esto me lleva a la segunda táctica, que consiste en realizar una disección deliberada. No todas las dudas son iguales. Algunas son señales de alarma cruciales basadas en hechos o lógica defectuosa. Otras son simplemente los ecos de nuestra propia inseguridad, vestidos con el traje de la preocupación profesional. Aprendí a hacer una pregunta simple pero poderosa: “¿Esto es un hecho o es un sentimiento?”
Una duda basada en hechos suena así: “Los datos del tercer trimestre muestran una caída del 15% en la región que esta estrategia pretende duplicar; nuestro supuesto de crecimiento puede ser inválido”. Una duda basada en un sentimiento suena así: “Tengo un mal presentimiento sobre esto” o “¿Y si todos piensan que esta idea es estúpida?” La primera requiere investigación y posiblemente un cambio de curso. La segunda requiere reconocimiento y, a menudo, dejar de lado.
Separar estos dos hilos es un trabajo de liderazgo fundamental. La duda basada en hechos es información vital; es la brújula que apunta hacia los puntos ciegos. La duda basada en el sentimiento es estática, un ruido que nubla la señal. Cuando logro aislar el componente factual, puedo abordarlo directamente. Cuando identifico el componente emocional, puedo reconocerlo por lo que es—la vulnerabilidad humana de tomar una decisión importante—y evitar que dicte la estrategia.
La tercera táctica es quizás la más contraintuitiva, y se trata de la divulgación selectiva. El viejo modelo de liderazgo dictaba que el capitán nunca debía mostrar inquietud a la tripulación. Hoy, ese hermetismo puede generar desconfianza. Los equipos son perceptivos; a menudo intuyen cuando algo no está del todo bien. Una duda completamente oculta puede parecer deshonestidad o desconexión. La cuestión no es si compartir, sino qué y cómo compartir.
La regla que sigo es esta: comparto las preguntas estratégicas, nunca la ansiedad personal. En lugar de decir: “Estoy muy preocupado por si esto funciona”, planteo: “Aquí está nuestra dirección propuesta. Una pregunta importante con la que estoy lidiando es cómo mitigamos el riesgo X. ¿Qué pensáis?”. Esto traslada el foco de mi estado interno de incertidumbre hacia un desafío colectivo de resolución de problemas. Invita al equipo al proceso sin descargarles el peso de mi indecisión.
Este enfoque cumple una doble función. Primero, aprovecha la inteligencia colectiva del grupo, obteniendo perspectivas que podrían disipar mi duda. Segundo, y más crucial, modela un tipo de liderazgo pensante y considerado. Le muestra al equipo que la complejidad se aborda con preguntas rigurosas, no con afirmaciones dogmáticas. Construye confianza a través de la transparencia intelectual, no la socava a través de la vacilación emocional.
Sin embargo, incluso con las mejores preguntas, la posibilidad de error persiste. Por eso, la cuarta táctica se trata de instalar una red de seguridad psicológica, tanto para mí como para el equipo: el plan de contingencia simple. He observado que gran parte del miedo que rodea a una gran decisión es la sensación catastrófica de que, si falla, todo se desmoronará sin remedio.
Antes de finalizar cualquier decisión importante, dedico treinta minutos a esbozar un plan B. No se trata de un documento exhaustivo de cincuenta páginas, sino de un esquema claro de uno o dos pasos. Si nuestra elección principal no produce los resultados esperados en un plazo determinado, ¿cuál es la primera acción que tomaremos? ¿A qué señal clave responderemos? Tener esta hoja de ruta, incluso básica, cambia radicalmente la naturaleza de la decisión.
Ya no es una apuesta a todo o nada. Es un paso calculado en un camino que tiene un desvío claramente marcado. Este ejercicio reduce la carga emocional de la duda porque mitiga la sensación de riesgo irreversible. Además, cuando comparto la decisión final con el equipo, a menudo menciono que hemos considerado un camino alternativo. Esto no les resta importancia al curso de acción elegido, sino que comunica previsión y resiliencia. Transmite el mensaje de que hemos pensado en ello, que no nos hemos dejado llevar por la mera esperanza.
La quinta táctica es una práctica a más largo plazo, y funciona como un antídoto contra la duda crónica: la creación de un archivo de decisiones. La memoria es un narador poco fiable, especialmente bajo estrés. Tendemos a recordar nuestros errores con vívida claridad y a dar por sentados nuestros aciertos. Este sesgo alimenta la duda en futuras encrucijadas, porque la balanza de la memoria se inclina pesadamente hacia lo que salió mal.
Para contrarrestar esto, mantengo un registro privado. Cada vez que tomo una decisión significativa, anoto la fecha, el contexto, las opciones que consideré, los criterios clave y la razón fundamental para mi elección. Luego, meses o incluso años después, vuelvo a ella y anoto el resultado. Lo que descubrí ha sido revelador.
En primer lugar, mi tasa de aciertos es mucho más alta de lo que mi diálogo interno ansioso me haría creer. En segundo lugar, incluso las decisiones que dieron resultados mixtos o negativos rara vez fueron catastróficas; la mayoría condujeron a aprendizajes que informaron éxitos posteriores. En tercer lugar, revisar la lógica que usé en el momento me recuerda que tomé la mejor decisión posible con la información disponible, lo cual es la única vara de medir realista.
Este archivo es un recurso de confianza personal. Cuando la duda surge en una nueva situación, a veces hojeo decisiones pasadas. No busca un patrón mágico, sino que sirve como recordatorio tangible de mi propia capacidad de juicio. Refuerza la confianza en el proceso de deliberación en sí, no en la necesidad de un resultado perfecto cada vez.
Gestionar la duda como líder no se trata de encontrar una certeza inalcanzable. Se trata de cambiar tu relación con la incertidumbre. Se trata de estructurarla, analizarla, compartirla estratégicamente, amortiguar su impacto y ponerla en un contexto histórico personal. Al hacerlo, la duda deja de ser un demonio que susurra al oído y se convierte en uno de los miembros más silenciosos pero valiosos de tu equipo de liderazgo interno.
Es el contrapeso que impide que la confianza se convierta en descuido. La pregunta persistente que evita el pensamiento grupal. La humildad que permite el aprendizaje. Cuando dejas de luchar para aniquilarla y empiezas a trabajar para dirigirla, ocurre algo notable. Tu equipo no ve debilidad. Ve a un líder que piensa con profundidad, que considera los riesgos con seriedad y que tiene la fortaleza para actuar incluso cuando los contornos del camino no están perfectamente definidos. En última instancia, esa es la confianza que más importa: no la que brota de la certeza infalible, sino la que se forja en la capacidad de avanzar, inteligentemente, a pesar de la niebla.